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Update of the cause

Daniel Dorado
Daniel Dorado

Teaming Manager

on 26/04/2026 at 08:37h

¿Cómo determinar qué problemas merecen prioridad?

A menudo se critica a quienes defienden a los animales por dedicarse a esta causa en lugar de a defender a los seres humanos. Normalmente la respuesta que se da es que cada cual tiene derecho a elegir dedicarse al problema que desee, ya que todos los problemas son importantes por igual.

Este debate ilustra el predominio de dos ideas: que los seres humanos deberían tener prioridad y que todos los problemas son igualmente importantes. ¿Y si ambas ideas fueran erróneas? ¿Y si algunos problemas fueran más importantes que otros, pero eso no coincidiera de manera necesaria con los problemas que afectan a los seres humanos?

Para responder a esta pregunta debemos investigar cómo podemos evaluar qué problemas deberían ser prioritarios. En este texto veremos en primer lugar algunos criterios para evaluar la prioridad. A continuación, basándonos en dichos criterios, investigaremos qué problemas del mundo deberían recibirla en la actualidad.
Criterios de prioridad imparciales

Un criterio de prioridad debe ser imparcial. Es decir, no puede favorecer o perjudicar de forma injustificada a uno u otro grupo de personas. Por lo tanto, los criterios de prioridad que se enumeran a continuación establecen las condiciones para que un problema reciba prioridad. Si cada uno de ellos es importante para determinar la prioridad de un problema,1 entonces cada criterio por sí solo es insuficiente para decidir cuestiones de prioridad, una decisión que debe tomarse basándose en el conjunto de criterios.
Gravedad de la situación

El primero de estos criterios es la gravedad de la situación: en igualdad de condiciones, cuanto más grave es un problema, más razones hay para darle prioridad. Este criterio por sí solo ya es suficiente para poner en duda la idea de que todos los problemas son igualmente importantes, ya que las diferentes situaciones presentan distintos grados de gravedad.

Pero ¿cómo se mide la gravedad de una situación? Hay diferentes maneras. Sin embargo, hay dos criterios que se utilizan ampliamente: el número de víctimas y el nivel de daño por víctima (por ejemplo, cuánto sufre cada víctima o en qué grado sus muertes son prematuras). En resumen: cuantas más víctimas haya, más grave es la situación; y, cuanto mayor sea el daño por víctima, más grave es la situación.
Cuando los criterios de gravedad entran en conflicto

En ocasiones, al comparar dos situaciones, aquella que tiene más víctimas es también aquella en la que las víctimas se encuentran en peores condiciones. En esos casos es fácil ver cuál de ellas es más grave. Sin embargo, hay otros casos en los cuales, al comparar dos situaciones, una de ellas tiene más víctimas, pero es en la otra donde las víctimas se encuentran en peores condiciones. En casos así, ¿cómo se debe proceder para determinar cuál de las situaciones es más grave?

Existen diferentes métodos para ello.2 Veremos algunos de ellos.

Daño agregado. Una posibilidad sería sumar el daño sufrido por cada víctima para obtener el total del daño acumulado. Sin embargo, una objeción a este método es que podría dar prioridad a un problema que tuviera un gran número de víctimas, pero en el que el daño individual de cada una de ellas fuera bastante reducido.

Límites de corte: Otra posibilidad es establecer que ambos criterios son independientes y que, dependiendo de la situación, uno podría tener más peso que el otro. En este sentido, una posibilidad sería establecer umbrales. Por ejemplo: si el daño de cada individuo del caso donde hay menos víctimas es “x” veces mayor que el de cada víctima del caso donde hay más, pesa más el criterio del daño individual; en caso contrario, pesa más el número de víctimas.

Peso variable con rendimientos decrecientes. Otra posibilidad sería no establecer umbrales, de tal manera que el peso de cada criterio cambiaría de forma continua y gradual a medida que el criterio se fuera “satisfaciendo”. Por ejemplo: a medida que el número de víctimas va disminuyendo, el criterio del número de víctimas va perdiendo peso; a medida que la situación de cada víctima va mejorando, el criterio de la gravedad de la situación individual va perdiendo peso.

Existen otros métodos, de los cuales hablaremos al final del texto.
¿Cuál es la situación más grave que puede verse afectada?

Es importante analizar no solo qué situaciones son más graves, sino también cuáles de las situaciones susceptibles de ser influidas son las más graves. Para que esto quede más claro, consideremos el siguiente ejemplo.

Imaginemos que el problema A supone 900 000 víctimas, que el problema B supone 500 000 víctimas, y que todas las víctimas de los problemas A y B se encuentran en situaciones igualmente graves. Según los criterios que hemos visto con anterioridad sobre la gravedad de la situación, debemos dar prioridad a A. Sin embargo, supongamos lo siguiente: lo máximo que podemos hacer con respecto al problema A es ayudar a 400 000 víctimas (por desgracia, no hay nada que se pueda hacer por las otras 500 000); y es posible ayudar a 450 000 de las 500 000 víctimas del problema B.

En resumen, aunque el problema A implique una situación peor que la del problema B, al comparar ambos, es el problema B el que presenta la peor situación posible sobre la que podemos influir.

Este es, por tanto, otro factor importante a la hora de establecer prioridades: necesitamos saber cuáles son las peores situaciones susceptibles de ser influidas (no sirve de nada saber cuáles son las peores si no podemos hacer nada para mejorarlas). Sin embargo, es importante observar que este factor (el grado de tratabilidad del problema) varía con el tiempo. Por ejemplo, hay situaciones en las que actualmente no podemos influir, pero en las que podríamos llegar a influir en el futuro (y esto depende, en parte, de cuánto investiguemos sobre cómo influir en ellas).
Grado de negligencia

Otro factor importante a la hora de decidir la prioridad es el grado de desatención de cada problema. En igualdad de condiciones, cuanto más desatendido esté un problema, más sólidas serán las razones para darle prioridad. Como se explica a continuación, esto se debe al menos a dos razones:
Distribución de esfuerzos

Volvamos al ejemplo del punto anterior. Imaginemos que, tras evaluar los problemas A y B, decidimos dar prioridad al problema B, ya que es el que presenta la situación más grave susceptible de ser influida. Sin embargo, supongamos que hay quienes, tras seguir el mismo razonamiento, también han decidido dar prioridad al problema B. Si supiéramos la decisión del resto, podríamos invertir nuestros recursos en intentar resolver el problema A, lo que aumentaría la probabilidad de que ambos problemas se resolvieran. En resumen: cuantas más personas dedican esfuerzos a intentar resolver un problema, mayores son las posibilidades de que se resuelva sin nuestra ayuda. Esa es una de las razones para dar prioridad a los problemas más descuidados.
Retornos marginales decrecientes

Cuanto más descuidado está un problema, mayor es el impacto positivo que supone contar con alguien más que intente resolverlo. Esto es así porque, cuando un problema está poco explorado, todavía hay muchas oportunidades fáciles de aprovechar para marcar una diferencia significativa que aún no se han intentado. A medida que se van sumando más y más personas, esas oportunidades se van aprovechando, y cada persona adicional tiende a aportar menos beneficios. Esa es otra razón para dar prioridad a los problemas más desatendidos.

Por lo tanto, al decidir qué problemas priorizar, es importante investigar no solo lo que podríamos hacer, sino también lo que probablemente hará el resto con respecto a esos problemas. Sin embargo, lo que podríamos hacer es crucial, y hablaremos de ello en el siguiente punto.
La magnitud del beneficio que podríamos generar

Otro factor fundamental para evaluar la prioridad de un problema es la magnitud del beneficio que podríamos generar destinando esfuerzos a ese problema concreto.3 Consideremos, por ejemplo, el siguiente caso.

Imagina que el problema C supone 100 víctimas con un nivel de sufrimiento de −50 cada una, y el problema D supone 90 víctimas con un nivel de sufrimiento de −40 cada una. Es decir, el problema C es más grave (por suponer más víctimas y porque estas se encuentran en una situación peor). Supongamos también que ambos problemas se encuentran igualmente desatendidos y que es posible ayudar a todas las víctimas de uno u otro, pero que necesariamente tenemos que elegir entre el problema C y el problema D.

A partir de los criterios que hemos visto hasta ahora, parece que debemos dar prioridad al problema C. Sin embargo, imagina que, con la misma cantidad de recursos, podemos tomar una de estas decisiones: 1) hacer que todas las víctimas del problema C pasen de −50 a −49 (un alivio muy leve), o 2) hacer que todas las víctimas del problema D pasen de −40 a −10 (un alivio considerable). Por lo tanto, al dar prioridad al problema D, lograríamos un bien mayor con la misma cantidad de recursos.
Al evaluar la magnitud del beneficio es crucial estimar los efectos a largo plazo

Al comparar dos estrategias, es posible que una de ellas genere más beneficios en un inicio; mientras que, al tener en cuenta los efectos a largo plazo, sea la otra la que genere un beneficio total mayor. También es posible que una estrategia genere grandes beneficios a corto plazo, pero tenga efectos negativos a largo plazo, pudiendo incluso llegar a tener un saldo total negativo.

Además, en relación con este punto, es importante analizar si una determinada estrategia aborda la causa de un problema o si solo alivia sus síntomas.
Por qué es engañoso basarse en el porcentaje

Al evaluar el beneficio que podríamos generar, es importante basarse en el número de víctimas a las que se ayudaría y en el beneficio por víctima, y no en el porcentaje del problema que se podría resolver. Es posible que ambas cosas no coincidan. Para que esto quede más claro, consideremos el siguiente ejemplo.

Supongamos que, con un mismo recurso, podemos tomar una de estas decisiones: 1) ayudar al 90 % de los animales del problema E, o bien 2) ayudar en igual medida al 0,1 % de los animales del problema F (que se encuentran en su totalidad en una situación tan grave como la de los animales del problema E). Si nos guiamos por el porcentaje, podríamos pensar que, al elegir ayudar al 90 %, estaremos ayudando a más víctimas. Pero supongamos que el problema E implica a 1 millón de animales, y el problema F implica a un billón. La cuestión es: el 90 % de un millón son 900 000, mientras que el 0,1 % de 1 billón es 1000 millones. Es decir, resolver el 0,1 % del problema F supone ayudar a un número significativamente mayor de animales, con el mismo recurso.
¿Es el alcance del beneficio siempre el factor más importante?

A la vista de lo anterior, se podría pensar que, por lo tanto, el alcance del beneficio que podríamos generar es siempre el factor más importante. Algunas personas podrían incluso pensar que es lo único que importa. Sin embargo, un contraejemplo sugiere que, en determinadas situaciones, existe otro factor más importante que la magnitud del beneficio.

Volvamos al ejemplo que dimos con anterioridad:

·⠀Problema C: 100 víctimas con nivel de sufrimiento −50 cada una

·⠀Problema D: 90 víctimas con nivel de sufrimiento −40 cada una

Decisión:

·⠀Hacer que 100 víctimas del problema C pasen de −50 a −49 (beneficio total = 100; 1 por víctima)

·⠀O hacer que 90 víctimas del problema D pasen de −40 a −10 (beneficio total = 2700; 30 por víctima)

En ese caso parece mejor la segunda opción, ya que tanto el grado en que la situación de cada víctima mejora como el grado de mejora total son mayores. Sin embargo, supongamos que, en el ejemplo anterior, la decisión fuera entre:

·⠀Hacer que 100 víctimas del problema C pasen de −50 a −30 (beneficio total = 2000; 20 por víctima)

·⠀O hacer que las 90 víctimas del problema D pasen de −40 a −10 (beneficio total = 2700; 30 por víctima)

En ese caso muchas personas dirían que debemos elegir la primera opción (ya que el beneficio se destina a las víctimas que se encuentran en peor situación y beneficia a un mayor número de víctimas), aunque en la segunda opción se genere un beneficio mayor (tanto para cada víctima como en la suma total).

¿Cómo saber, entonces, cuándo debe pesar más la magnitud del beneficio y cuándo debe pesar más la gravedad de la situación? En el siguiente apartado hablaremos sobre cómo sopesar los distintos criterios.
¿Cómo sopesar los diferentes criterios?

Hemos visto que los distintos criterios para evaluar la prioridad pueden entrar en conflicto entre sí. En el ejemplo anterior vimos que la magnitud del beneficio puede entrar en conflicto con la gravedad de la situación. Pero, en realidad, cualquier criterio puede entrar en conflicto con cualquier otro. Los diferentes problemas “puntúan” de forma diferente en cada uno de los criterios que hemos abordado. Por lo tanto, una cuestión importante es saber cómo podríamos hacer una evaluación general de los distintos problemas, teniendo en cuenta todos los criterios. Para ello, es importante saber si todos los criterios deben tener el mismo peso, o si algunos deberían pesar más que otros, y si ese peso debe ser fijo o variable. A continuación se presentan algunas posibilidades.

(1) Suma total. Establecer que todos los factores tienen el mismo peso y realizar una suma general de cómo se desempeña cada problema en cada uno de los factores.

(2) Puntos fuertes o “triunfos”. Establecer una jerarquía en la que un criterio sea un punto fuerte frente a los otros. Esta ventaja puede ser absoluta (es decir, ningún aumento en los demás factores puede inclinar la balanza si implica una disminución en el factor que constituye la ventaja) o hasta cierto punto (dependiendo de cuánto se gane en uno o más aspectos situados más abajo en la jerarquía y de lo poco que se pierda en el aspecto situado más arriba en la jerarquía, la ventaja puede invertirse).

(3) Relación continua. No hay triunfos, y cada factor tiene, en el cálculo total, o bien un peso fijo (igual o diferente), o bien un peso variable. Un ejemplo de este tipo de enfoque, en el que cada aspecto tiene un peso variable, es el enfoque de rendimientos decrecientes, en el que el peso de cada aspecto disminuye proporcionalmente a medida que se va completando. Un ejemplo en este sentido sería tratar de maximizar los beneficios, pero establecer que una unidad de beneficio tiene más valor cuanto más grave sea el problema al que se destinaría dicho beneficio.

(4) Combinar triunfos y relación continua. Utilizar triunfos (absolutos o hasta cierto punto) hasta un umbral y, a partir de ahí, utilizar una relación continua (de peso fijo o variable).

Sigue leyendo: https://www.animal-ethics.org/como-determinar-que-problemas-merecen-prioridad/


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